lunes, 4 de agosto de 2008

Darío

Ojos grandes, grandes y oscuros, lleva un buzo con gorrita, que contrasta mal con todo el abrigo que nosotras tenemos. Cuenta su edad con los dedos cuando se cansa de que no adivinemos.
El precio de saber su nombre, es que dejemos también nuestro anonimato.
Después, se sienta en una mesa a sanar un poco de nuestras culpas, y de paso comer una hamburguesa.
El mozo tiene que hacer su trabajo, y levantándolo en vilo, en un remedo de enojo, lo deposita en la vereda.
Su mirada, la última que le dispensó a ese mozo, la veo siempre, en varias esquinas, en cualquier bar, o en el tren.
Y como siempre, pensé: no me la voy a olvidar.
Mentira, cada día, cada cuadra, hago el ejercicio de olvidarme.
Su buzo con gorrita, no alcanzaba para el frío de hoy, ni para el de mañana ni pasado mañana.
Cuando le dije mi nombre dijo con asombro: ahhh, como mi mamá!!
Y en ese momento me hubiera gustado llamarme Amparo